Intermitencias americanistas

I need this book. You can download it from UNAM and print it and that is what I should do, although I would rather buy the book. There is a capítulo imprescindible on Vasconcelos. And it has to do with cultural exceptionalism.

165-188 are the pages in question although as I say, I want the whole book.

El mestizaje en el corazón de la utopía:
La raza cósmica entre Aztlán y América Latina

165: Hablar del “mestizaje” como categoría intelectual central al latinoamericanismo puede parecer anacrónico, un acto de nostalgia e insistencia. En los últimos 40 años, la noción ha sido objeto de feroces críticas y el consenso cultural de nuestros días, quizá con la excepción de algunos resabios de la intelectualidad liberal mexicana, radica en
reducirla a un persistente resto del darwinismo social decimonónico, un intento de coronar a las élites criollas como indiscutibles soberanas de América Latina. Esta cuestión se magnifica cuando se intenta abordar La raza cósmica (1925), el célebre ensayo de José
Vasconcelos, desde una perspectiva contemporánea.

After all, it is a libro identificado con tesis eugenésicas, and it is basado en la extraña premisa de que las razas del mundo se “purificarán” naturalmente.

167: He wants to give Vasconcelos:

…una lectura semejante a la que Slavoj Zizek (Revolution at the gates) plantea respecto a Lenin: una recuperación del gesto utópico-político de su pensamiento más allá de los profundos naufragios conceptuales (y éticos) de su filosofía. Dicho de otro modo, sin descartar en ningún momento las críticas profundas que se han hecho al modelo vasconceliano, me parece fundamental recuperar el valor del pensamiento utópico del texto para la comprensión de su lugar en la constelación político-intelectual del latinoamericanismo.

Resulta muy significativo pensar en la considerable cantidad y densidad intelectual de conceptos centrales al latinoamericanismo que fueron articulados como intentos de desplazar al mestizaje como paradigma explicativo de la pluralidad cultural de América Latina. Nociones como la “transculturación” (tanto en la versión de Fernando Ortiz como en la de Ángel Rama), la “heterogeneidad” (articulada por Antonio Cornejo Polar), la “hibridez” (al estilo de Néstor García Canclini) o la “diglosia cultural” (Martin Lienhard) fueron y siguen siendo el resultado de distintos intentos de dar cuenta de la conflictiva diversidad racial y cultural del continente y sus interacciones frente al proyecto homogeneizante…

…el ensayo utópico ofrece una clave sobre el libro de Vasconcelos. Históricamente, el género utópico nunca ha sido un intento de descripción de la realidad, sino una articulación discursiva de un conjunto de valores intelectuales configurados en un espacio inexistente. De hecho, Karl Mannheim enfatizó en su conocida teorización de la utopía que esta forma de pensamiento “is incongruous with the state of reality within which occurs” (173). Cuando Vasconcelos habla de “la conclusión más optimista” al proceso del mestizaje, se refiere, precisamente, al hecho de que ese mestizaje último debe persistir como un ideal, pero no existe ninguna garantía histórica de su realización. Más aún, siguiendo a Mannheim, el propósito de pensar una utopía mestiza, en un contexto con una clara conciencia ideológica respecto a la condición colonial del continente, está, precisamente, en su potencial de llevar a cabo un gesto descolonizador, de imaginar una narrativa que trasciende el orden de las cosas como estrategia para dar forma a una política que apela a un cambio social profundo. En este sentido es pertinente una idea planteada por Joshua Lund (Impure 112), para quien La raza cósmica es una respuesta radicalizada a la filosofía de raigambre hegeliana, que sostiene que América está fuera
de la historia. La inversión utópica se ubica en la reconfiguración de discursos ideológicos presentes, sobre todo de la vanguardia política y científica, en una narrativa en la cual el espacio a utopizar, América Latina, aparece como el significante trascendente de la trama histórico-utópica. Por ello, Vasconcelos articula su discurso en términos de una serie de discursos que él mismo llama “tendencias del futuro” (52), particularmente el socialismo y el mendelismo, que, en tanto sus estructuras de pensamiento, operan como discursos utópicos.

…La inversión utópica se ubica en la reconfiguración de discursos ideológicos presentes, sobre todo de la vanguardia políticay científica, en una narrativa en la cual el espacio a utopizar, América Latina, aparece como el significante trascendente de la trama histórico-utópica. Por ello, Vasconcelos articula su discurso en términos de una serie de discursos que él mismo llama “tendencias del futuro” (52), particularmente el socialismo y el mendelismo, que, en tanto sus estructuras de pensamiento, operan como discursos utópicos.

El ensayo utópico es un género que no opera directamente como transmisión de la utopía. Como señala Alexandre Cioranescu(30), la utopía es, ante todo, una descripción, cuyo objeto construye una factualidad alterna. Esta característica particular puede
conducir a una lectura textual de Vasconcelos en la cual sus descripciones corresponderían a una descripción factual de la realidad latinoamericana. No obstante, inscrito en una tradición ensayística preocupada por la forma de la expresión, Vasconcelos se interesa más [175] en la reconfiguración de los discursos históricos para la articulación

de un ideal latinoamericano que en la descripción realista de una situación continental. Por este motivo, Leopoldo Zea, un filósofo proveniente de la misma genealogía crítica, comprende La raza cósmica no como una descripción de la realidad latinoamericana, sino
como una exposición llevada hasta sus últimas consecuencias de los ideales expuestos por Simón Bolívar en la “Carta de Jamaica” (23).

El propósito de la “arqueología imaginada” y los “significantes mitologizados” (Grijalva 334-37) con que Vasconcelos estructura su discurso es la puesta en acto de la ideología anticolonial heredada por Bolívar y Martí, una ideología que se convirtió en el centro crítico de su generación. Si la utopía opera en la dimensión discursiva de la fábula (Foucault, Palabras, 3) se debe, precisamente, a que es una manifestación discursiva de un ideal que, en muchos momentos, se opone a las configuraciones ideológicas y epistémicas de una época.

Ruth Levitas ha planteado que una de las funciones de la utopía radica en “the education of desire and the transformation of the world” (7). En una generación formada, simultáneamente, en una revolución y en la tarea de reinventar el americanismo, ambos elementos son parte del quehacer continental del intelectual. Y La raza cósmica,
utopía del ideal americano, es la forma de intervención discursiva más radicalmente política que el contexto latinoamericano de los años 20 logró producir.

En consecuencia, el libro de Vasconcelos no puede ser leído como un manual para lograr el mestizaje, a la manera de Forjando patria, ni como un intento de describir la realidad latinoamericana desde esta categoría. El mestizaje, en La raza cósmica, es el significante trascendente que permite la unificación espiritual de grupos racial y culturalmente diversos en una identidad política común. En un muy perspicaz estudio del rol del lector en la literatura utópica Peter Ruppert (56) observa no sólo que el género tiene la función de ubicar al lector en una relación crítica con el presente, sino también…

Más aún, como ilustra Ofelia Schutte (89), esta noción hace que el propio Zea articule una idea de conciencia mestiza.

[176] … que su ahistoricidad es una convención esencial del género, porque es el que permite al lector establecer una visión crítica de las realidades en las cuales se configura el discurso utópico (Ruppert, 73). Para Vasconcelos, miembro de una generación intelectual que reflexionó constantemente sobre el papel de la crítica en la vida pública, la escritura de una utopía apela a la conciencia de un lector inscrito en un contexto político preciso. Esta conciencia, en el trazado del ideal americano y en la estela de la revolución mexicana es, por ejemplo, lo que le permitió a Vasconcelos articular un movimiento político concreto que condujo a su fallida campaña presidencial de 1929 (Skirius). Ciertamente, los límites de su posición impiden a Vasconcelos la configuración posmoderna de un frente político hecho de subjetividades heterogéneas, a la manera de la “democracia radical” de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe. Sin embargo, en su época,
Vasconcelos logró ver con claridad la necesidad de la unidad nacional y continental como elemento indispensable de la reformulación política del continente. En otras palabras, Vasconcelos entiende que el significante vacío del mestizaje es la condición sine qua non de un proceso de configuración hegemónica en el continente y utiliza el ensayo utópico para articularlo en la idea de “la raza cósmica,” donde la palabra mestizaje deja de ser un simple sustituto del sincretismo y la mezcla, y se convierte en la promesa de un proyecto político.

Este punto, en particular, es el que explica el enorme atractivo que el trabajo de Vasconcelos ha tenido entre las clases intelectuales chicanas y mexicano-americanas. En un texto programático llamado “El plan espiritual de Aztlán” (1969), considerado el documento fundacional del movimiento chicano contemporáneo, se puede encontrar una narrativa que coincide con la retórica de La raza cósmica:

In the spirit of a new people that is conscious not only of its proud historical heritage but also of the brutal “gringo” invasion of our territories, we, the Chicano inhabitants and civilizers of the northern land of Aztlán from whence came our forefathers, reclaiming the land of their birth and consecrating the determination of our people of the sun, declare that the call of our blood is our power, our responsibility and our inevitable destiny.”

[177] “El plan espiritual de Aztlán” permite comprender, de manera retrospectiva, un conjunto de potencialidades políticas inscritas en la utopía vasconceliana, debido a que articula elementos precisos de La raza cósmica en la configuración simbólica de su agenda política. De este fragmento destaca la clara apropiación de una vocación anticolonialista, directamente heredada del texto vasconceliano. Según vemos, el “Plan espiritual” se entiende a sí mismo como un acto de resistencia ante un acto colonial fundacional, una suerte de conquista que ha conducido a la opresión histórica de La Raza. La
recuperación del legado histórico-cultural planteada por el texto se cifra en dos dimensiones principales. La primera es la articulación de un espacio utópico llamado “Aztlán”, construido como un “Chicano homeland” que ubica en el suroeste de los Estados Unidos el lugar mítico de donde provienen los aztecas. A través de una comparación
del funcionamiento de Aztlán como espacio histórico y mítico, Michael Pina explica así el rol que el mito de Aztlán juega respecto a las comunidades chicanas: “Chicanos living within the myth of Aztlán experience their claims to nationhood as an implicit part of their daily consciousness. In this respect, the myth of Aztlán functions to provide
identity, location, and meaning for a people who were previously directionless in their collective existential pilgrimage through earth” (37).

Este análisis deja ver la manera en que Aztlán y la “raza cósmica” operan en la tensión entre historia y mito: al re-narrativizar un proceso histórico en una narrativa mítica fundacional, ambos conceptos cumplen la función de articular una conciencia política colectiva a una serie de sujetos sociales excluidos de las dinámicas culturales y de
poder. “[M]yth”, observa Genaro Padilla, “becomes socially powerful at the point where it intersects with history to provide a vision of the future which can be acted upon”t45 (131). En la intersección de Aztlán con la intervención norteamericana de 1847 o en la intersección de la raza cósmica con el legado colonial de nuestra América, la utopía
funciona como un recuento capaz de crear un frente político-cultural y una agenda común de resistencia. Esta fue la función que, a pesar de su problemática articulación de la raza y de sus coqueteos con el fascismo, La raza cósmica jugó en el siglo xx: una forma de teorizar la [178] resistencia a las colonizaciones que han aquejado la historia del continente. Este sentido preciso es el que se pierde cuando se identifica al mestizaje como simple articulación del Estado liberal mexicano y latinoamericano. Al confundir el ideal político con los abusos cometidos en su nombre se pierde un potencial crítico y político que, como demuestra “El plan espiritual de Aztlán”, sigue latente en muchos momentos del pensamiento continental.

El mito de Aztlán es también una recuperación de la concepción del tiempo mítico planteado por La raza cósmica. En el texto de Vasconcelos, el mestizaje es el resultado de dos procesos estructurados a partir de paradigmas culturales distintos. La primera supone el desarrollo de cinco períodos en las cuales distintos grupos ocupan el lugar
privilegiado de la historia. Las primeras cuatro razas son la negra, la india (los “atlantes”), los “mogoles” y la raza blanca. En esta narrativa, la raza cósmica sería la quinta y última raza en llegar a la historia, al ser la síntesis de todas las anteriores. Esta periodización tiene su base en el mito náhuatl de los cinco soles, que llega a nuestros días gracias al descubrimiento arqueológico de la Piedra de Sol, el calendario azteca, en 1790. De acuerdo con este mito, la historia del mundo se encuentra dividida en períodos, cada uno de los cuales es regido por una deidad distinta del panteón náhuatl. El Quinto Sol, entonces, hace referencia al momento en que los aztecas vivían, cuya caída era
considerada un cataclismo por venir (Vigil, 45-48). Esta descripción ha tenido una impresionante vigencia cultural a lo largo de la historia de México, el último ejemplo de la cual es la reapropiación que hace de ella Carlos Fuentes (7-28) para narrar la historia de México en el segundo milenio. Vasconcelos toma esta plantilla y la lleva a su
interpretación de la historia del mundo y, con ello, otorga validez simbólica a la episteme precolombina como forma alterna de…

Esta interpretación ha sido reforzada, sobre todo, por un pensamiento producido en México que hace un paralelo entre la caída del pri y la caída del mestizaje como significante trascendente de la nación. Véase Aguilar Rivera. Si bien el mestizaje tuvo una relación estructural con el liberalismo decimonónico, varias dimensiones de La raza cósmica, como su articulación utópica, rompen con esta relación y le dan al término un significado que excede su lugar específico en el Estado mexicano.

[179] La idea central, tanto en esta estrategia como en el uso del ícono de Aztlán por parte de la intelectualidad chicana, no está en la “veracidad” de los conceptos, sino en la configuración de un mito de origen cuyo potencial epistemológico conduce a la
reinterpretación de una historia escrita siempre desde la perspectiva de los vencedores. Esta operación tiene un peso simbólico tal que la primera prensa dedicada a la literatura chicana se llamó “Quinto Sol” y las figuras fundacionales de la literatura chicana actual son consideradas parte de la “Quinto Sol generation”. Esta readaptación conceptual, proveniente de la reapropiación que Vasconcelos hace de este mito, hizo a “Quinto Sol,” en los años 60, una marca del “politicized Chicano/a cultural habitus” (Allatson, 196) de esa década, así como de la emergencia de una literatura nacionalista chicana. El mestizaje, entonces, pertenece a una narrativa cultural en la cual la reivindicación simbólica de los orígenes precolombinos es la base de una forma distinta de narrar la historia colonial. En un acto simbólico de descolonización epistemológica, el mestizaje y la raza cósmica son significantes trascendentes que articulan un proceso simbólico de mezcla e hibridación que pone en entredicho la colonialidad del poder.

Tanto el “Quinto Sol” como “Aztlán” se fundan en un proceso que coloca el mito de origen y el espacio utópico en un mismo plano simbólico-temporal. Esta estrategia de representación se funda en la segunda periodización introducida por La raza cósmica. Según Vasconcelos, la historia se desarrolla siguiendo la “ley de los tres estados
sociales:” “el material o guerrero” (caracterizado por la barbarie), el “intelectual o político” (regido por la razón) y el “espiritual o estético” (regido por el espíritu, concepto al que volveré enseguida) (37).13 John Ochoa (115) identifica esta forma de leer la historia como un eco de un muy influyente libro publicado algunos años antes: La decadencia de Occidente de Oswald Spengler. Ciertamente, el concepto de historia de Spengler influye a Vasconcelos tanto en la teorización de la decadencia de la raza blanca como en la concepción utópica de su ensayo….

Para una descripción más detallada de estos tres períodos, véase Skirius, “La raza
cósmica” (16-7).

[180] Sin embargo, resulta difícil aceptar que un texto altamente ensayístico como el de Vasconcelos se construya del todo en la base de un ensayo cuyo análisis reproduce, de muchas maneras, el tratadismo positivista que Vasconcelos abiertamente rechazaba. La periodización de los tres estados, particularmente en su conexión de la historia con el mito, tiene su origen en la Scienza Nuovade Giambattista Vico. La filosofía de Vico, como señala David Brading respecto a Reyes, no era ajena a la generación de Vasconcelos ycontribuyó a la formación de las nociones histórico-míticas de utopía de ambos pensadores. En su obra Vico utiliza los instrumentos de la retórica y la filología (los mismos que despliega Vasconcelos en su concepción del ensayo utópico) para articular una narrativa histórica compuesta por tres períodos: la edad divina, la edad de los héroes y la edad de los hombres, que coinciden, de manera casi paralela, con los estados postulados por Vasconcelos. Al final de estos tres períodos, según Vico, viene un ricorso que renueva el proceso histórico (Miner 69-94). En este esquema, Vasconcelos encontró una serie de coincidencias que le permitieron articular su discurso del devenir del mestizaje. El más significativo, sin duda, es la reivindicación del mito llevada a cabo por Vico en su texto. Como señala Joseph Mali (209), el sistema ideológico de Vico funda una forma de pensamiento alterna a la Ilustración a partir de la revalidación de la mitología como historia verdadera. Esto, continúa Mali (220), no sólo significa una ruptura con la idea cartesiana de “evidencia histórica”, sino que permite un procedimiento de fabulación de la “verdad histórica”, que relaciona el pensamiento con una función crítica. Dentro de este ethos, las tres etapas del pensamiento vasconceliano, al igual que las de Vico, constituyen un intento de intervención intelectual-crítica ante los postulados de verdad articulados por el paradigma positivista, postulados que sustentan un discurso colonializador que Vasconcelos busca subvertir. En una de las observaciones más lúcidas sobre la obra de Vico, Isaiah Berlin (55) señala que el propósito de la historia, en términos de Vico, es la explicación del proceso a partir [181] del cual el hombre adquiere conciencia de sí. El mestizaje y la “raza cósmica”, en la versión de Vasconcelos, son, en última instancia, el resultado de un proceso de adquisición de conciencia histórica, que va de los orígenes del hombre a la utopía, pasando por el largo devenir de la historia colonial.

Para Vasconcelos, el mestizaje es, en consecuencia, la manifestación de una fuerza trascendente que ordena la historia y la conduce a su destino utópico. Éste es el significado de su conocido lema para la Universidad de México: “Por mi raza hablará el espíritu”. Sorprendentemente, la noción de “espíritu” ha sido, por lo general, excluida de los análisis de La raza cósmica, centrados en la cuestión más propiamente racial, y, cuando se discute, se le entiende en términos o del espíritu hegeliano o como un resabio del cristianismo de su autor. De hecho, el “espíritu” de Vasconcelos en el esquema de La raza cósmica juega un rol similar al que la “Providencia” juega en la narrativa de Vico
(Berlin, 55). Sin embargo, la identificación del mestizaje como espíritu de la raza cósmica es esencial para entender no sólo la distancia teórica de Vasconcelos con el positivismo y el darwinismo social, sino también el potencial ideológico político de la noción vasconceliana del mestizaje. El “espíritu”, concepto decididamente anti-racional y,
por ende, anti-positivista, es el significante que Vasconcelos utiliza para concentrar una serie de genealogías filosóficas que dan forma al discurso de La raza cósmica. Por ejemplo, en términos biológicos, el “espíritu” es una idea que rompe con el mecanicismo del darwinismo social y el spencerismo, basado en la idea porfiriana de “ciencia”, y le
permite introducir la genética mendeliana como nueva articulación de la idea de progreso (Alonso, 464). Sin embargo, existe un punto central a la tradición interpretativa de Vasconcelos desde la filosofía, dejado de lado en los debates del mestizaje: el profundo impulso antipositivista de su filosofía. El “espíritu” de Vasconcelos es el producto conceptual de dos fuentes filosóficas de carácter casi esotérico, ajenas a muchos lectores del texto. La primera es la noción emanatista del “Uno”, articulada por el filósofo latino Plotino en las Eneadas.

La identificación del “Uno” plotiniano, basada en ciertos conceptos gnósticos de Dios, no es ajena a las conceptualizaciones del espíritu. [182] De hecho, como ha demostrado John Shannon Hendrix, es posible argumentar que la raíz neoplatónica del pensamiento de Plotino influyó el concepto de espíritu practicado por idealistas alemanes como Schelling. En consecuencia, el pensamiento de Plotino le permite a Vasconcelos reconciliar la base cristiana de su pensamiento con la ideología redentorista de la raza. Como identificó muy temprano el filósofo jesuita José Sánchez Villaseñor (55), Vasconcelos se sirve del emanatismo de Plotino para articular una narrativa en la cual seres diversos (sean las almas o las razas) sustentan un movimiento hacia su reintegración absoluta con el Uno (el espíritu). Según Claude Fell, Plotino creó en Vasconcelos la idea de que la formación del espíritu era más importante que la formación intelectual en sí (Años, 376).

Asimismo, vale la pena destacar que el pensamiento de Plotino, al igual que el de Vico o el de Vasconcelos, articula una tríada de estados (las tres “hipóstasis”) en búsqueda del Uno: el cuerpo, el alma y el intelecto (423-29), que, de nuevo, acusa coincidencias con las tres etapas vasconcelianas en su movimiento hacia la utopía. Como podemos ver, el concepto de espíritu comienza por la articulación de diversos elementos en él, un procedimiento argumentativo que corre paralelo al mestizaje mismo. El proceso de reintegración al Uno, en la filosofía de La raza cósmica, no sólo es biológica, es una cuestión retórica y filosófica también. Precisamente aquí, el mestizaje excede por completo a la transculturación, la heterogeneidad y las otras nociones del canon latinoamericanista. 

En su lectura del rol de Vasconcelos en la filosofía mexicana, Abelardo Villegas interpretó este último como una “trascendencia del concepto psicofísico de raza” (Pensamiento, 56), heredado del positivismo porfirista. Si bien, como también admite Villegas, Vasconcelos cae en algunas generalizaciones racistas semejantes a las del positivismo, reducir a Vasconcelos a ellas ha producido lecturas muy parciales de su pensamiento….

Esta es una dimensión que escapa mis propósitos actuales, pero que ha sido estudiada en detalle por Fabian Acosta Rico. Véase también Miller (30) para la discusión de la influencia del cristianismo de Chateaubriand en Vasconcelos.

[183] De hecho, como ha señalado Peter Earle (148), la forma en que Vasconcelos articula las tres fases del desarrollo histórico constituye, en el fondo, una reversión del modelo histórico comteano, que también estaba predicado en tres fases (teológica, metafísica y positiva), marcando un camino directo a la racionalización del mundo. Al articular tres etapas basadas en pensadores abiertamente anti-racionalistas, como Plotino y Vico, Vasconcelos enfatiza el hecho de que la ciencia positiva es un estadio que hay que superar para alcanzar el verdadero espíritu de América. Esta crítica del modelo científico, hacia el cual Vasconcelos era profundamente ambiguo (Marentes, 88), proviene de un pensador que le permite a toda su generación inocularse del racionalismo positivista: Henri Bergson.

En L’évolution créatice, Bergson elabora un argumento detallado en contra del darwinismo, centrado en la idea de que el mecanicismo natural no daba cuenta completa del proceso evolutivo y de la “creatividad” del proceso de la vida. El nombre que Bergson da a esta creatividad es élan vital. Este concepto ha sido criticado históricamente por carecer de poder explicativo y por no resolver contradicciones en el concepto bergsoniano de vida (Pilkington, 17-19). No obstante, esta vaguedad conceptual le permite a Vasconcelos articular la noción de espíritu: más que una energía claramente identificable y definible, algo que haría a Vasconcelos un vitalista, el espíritu, como el élan vital, es el significante vacío que le permite articular los excedentes del materialismo positivista. En este sentido debe entenderse la influencia estilística que Bergson tiene en Vasconcelos (Domínguez Michael, 119), así como la afirmación de Luis Garrido de que la estética, para Vasconcelos, es “una ordenación total de la existencia” (94)….

Para una lectura de la relación entre Bergson y Vasconcelos, véase Romanell, quien se
enfoca en los temas místicos de estos dos pensadores. El trabajo más importante de Vasconcelos sobre Bergson es La revulsión de la energía (1924). Este año de publicación demuestra que, durante la escritura de “La raza cósmica”. Bergson era una influencia central en el pensamiento de Vasconcelos.

Esto ha suscitado un paralelo entre Nietzsche y Vasconcelos que, aunque plausible,
no comparto del todo. Me parece mucho más directamente relacionada a Vasconcelos la concepción de estética de Plotino y Bergson que la del filósofo alemán. Véase Haddox (35).

[184] … del sistema de pensamiento de Vasconcelos, la retórica bergsoniana le
permite trascender los argumentos demostrativos del positivismo en nombre de una “intuición creadora” que, como vimos antes, está no sólo en la base del pensamiento de Bergson, sino del concepto vasconceliano del ensayo. Bergson le permite a Vasconcelos no sólo una articulación concreta de un debate entre el racionalismo darwinista y la “emoción” como método de pensamiento (Villegas, Filosofía, 96; Romanell, 508), sino, en palabras de Santiago Castro Gómez una “concepción organicista y fundamentalista de la cultura” (Crítica81-82) que le permite una visión unificadora de la humanidad frente
a las clasificaciones raciales del darwinismo y el positivismo. O, como lo pone el propio Castro Gómez en otro texto (“Nacimiento”, 440), el intuicionismo bergsoniano le permite a Vasconcelos argumentar que el potencial del élan vital en el movimiento ascendente de la humanidad sólo puede alcanzarse en la raza cósmica.

Este recorrido por la manera en que el mestizaje evoluciona hacia una noción más compleja del espíritu y la historia en la obra de Vasconcelos permite ver dos cosas. La primera es que la reducción de la idea vasconceliana de mestizaje al concepto biológico-cultural de raza es imprecisa. De hecho, su idea de evolución no es darwinista, sino
bergsoniana y la articulación del darwinismo social a la teorización de Vasconcelos es secundaria a la articulación del espíritu como élan vital. La segunda cuestión es que la crítica en contra del volumen de Vasconcelos ha dejado de lado los fundamentos de su pensamiento para concentrarse en sus naufragios heurísticos y conceptuales. Dicho de otro modo, las lecturas que interpretan a Vasconcelos como una manifestación epigonal del darwinismo social o como continuador sin más del positivismo toman las aporías del pensamiento de Vasconcelos como elementos estructurales y dejan fuera una complejísima tradición intelectual que, como hemos visto, da cuenta de la enorme influencia política e intelectual que el texto tuvo en el contexto del pensamiento fuertemente antipositivista en la América Latina de los años 20 y 30.

En estos términos, es posible cerrar el círculo para entender la manera en que “El plan espiritual de Aztlán,” siguiendo casi al pie de la [185] letra a La raza cósmica, plantea a la categoría de raza como elemento central de la conciencia política. Rafael Pérez-Torres enfatiza esta idea en su crítica al concepto de hibridez de Néstor García Canclini. En la introducción a Culturas híbridas, García Canclini enfatiza que la hibridez es un intento de sacudir las implicaciones raciales del concepto de mestizaje para poder describir de manera más amplia las mezclas interculturales de la sociedad latinoamericana. A esto, Pérez Torres responde que la idea de mestizaje considera mezclas interculturales más allá de la raza, a la vez que plantea dos sentidos raciales precisos al entendimiento del lugar de los mestizos en las configuraciones culturales: la estructuración de la identidad en esquemas de poder asimétricos (cuya desigualdad, como ha demostrado Aníbal Quijano a través de la “colonialidad del poder,” se articula en buena medida en parámetros raciales) y la capacidad de utilizar al “mestizo body” como espacio de performatividad de “new relational subjectivities arising from a history of racial conflict” (7). Si aplicamos, retrospectivamente, estas intuiciones a La raza cósmica, podemos ver la manera en que el discurso racial es indispensable al andamiaje ideológico sobre el cual Vasconcelos construye su utopía. Por un lado, permite explicar por qué Vasconcelos insiste tanto en la idea de que el indígena “no tiene otra puerta hacia el porvenir que la cultura moderna” y de que el blanco “tendrá que deponer su orgullo y buscará progreso y redención posterior en el alma de sus hermanos de otras castas” (Raza, 25). Dentro de un esquema de pensamiento anticolonial como el articulado por Vasconcelos, la existencia de razas separadas con valencias culturales distintas contribuye a la asimetría en las relaciones de poder cultural. Por ello, Vasconcelos, quien escribe mucho antes de la articulación posmodernista de las identidades diferenciadas, sólo puede concebir como solución un futuro utópico en el cual la disolución de las diferencias raciales es la única manera de erosionar las relaciones de poder instauradas por el proceso colonial…

Y, de hecho, teorizaciones como El pensamiento mestizo de Serge Gruzinski están
predicadas en la idea de que el mestizaje es una categoría intercultural y no sólo interracial.

[186] …ruptura radical con el eurocentrismo y con los rasgos de colonialidad operativos en el positivismo. Simultáneamente, la articulación erótico-política del cuerpo mestizo como espacio en que se inscribe el conflicto racial no es sino la inversión de la fórmula purificadora que Vasconcelos desarrolla en La raza cósmica. Ciertamente, el marco
de la eugenesia, predominante en América Latina en la década de los 20, fue fundamental en la manera en que La raza cósmica articuló las nociones de purificación racial en su discurso utópico (Stepan, 145-53). Sin embargo, es muy importante tener en cuenta que el propio Vasconcelos reconoce el conflicto racial como la condición
misma de posibilidad del mestizaje. En este sentido, podemos entender la aseveración de Silvia Spitta (334), cuando observa que el mestizaje emerge de la imposibilidad de salir del pasado colonial. En estos términos, la postura de los intelectuales chicanos se apropia del mestizaje como una forma de reflejar, en la articulación misma de su identidad, la complejidad histórica, cultural e, incluso, de género (piénsese en Anzaldúa) encuentra su sitio de articulación en la raza mestiza (Bost, 23-26).

Al principio de este artículo, mencioné que me interesaba recuperar el gesto vasconceliano, la capacidad de articular una utopía politizada, más allá del anacronismo de su estilo y pensamiento. Esta dimensión es la que los intelectuales y activistas chicanos han logrado identificar en un texto que sus homólogos latinoamericanos parecen haber condenado al cementerio de las palabras. Por ello, la revalidación de una lectura completa de Vasconcelos, que reconoce su atrevimiento intelectual al confrontar el positivismo con un sistema filosófico radical y renovador debe primar por encima de los
naufragios eugenésicos que, para un hijo de su tiempo, pudieron ser inescapables. Es importante aseverar que la recuperación de Vasconcelos no es privilegio exclusivo de aquellos pensadores conservadores que reivindican sin más el hispanismo vasconceliano (Carreras, 70; Basave Fernández Del Valle, 44; Bar-Lewaw, 166) ni una simple
interpretación de la historia de México y Mexamérica como una inevitable mestización del mundo (Rodríguez, 13). Como señala Juan de Castro (109), a propósito de Rodríguez, es imposible apropiarse [187] a Vasconcelos hoy en día sin una relación problematizada con su pensamiento. Sin embargo, el mestizaje, la raza cósmica, como han descubierto los pensadores chicanos, tiene todavía ese potencial subversivo que movilizó a un continente y que, en palabras de Davis-Undiano, permite ver “the cultural and social lines of development that await in a future superior to the past in terms of social justice and cultural productivity” (123). Sólo en estos términos, vale la pena pensar en Vasconcelos hoy: no como el teórico de un Estado fallido ni como el Ulises trágico que cayó seducido por el fascismo, sino como aquel que, en medio de sus contradicciones intelectuales, logró una ruptura radical y literalmente revolucionaria con un largo legado de pensamiento colonizador. Ésta, más que ninguna otra, es la función que el mestizaje y el pensamiento de Vasconcelos pueden tener para la utopía de nuestra América. Y en esa utopía, como se ve en “El plan espiritual de Aztlán”, hay aún muchas tareas esenciales por realizarse. El gesto de Vasconcelos, como el de Reyes, como el de Rodó, como el de Martí y como el de muchos otros pensadores de América Latina, interpretado desde una distancia histórica que nos permite identificar sus contradicciones y aporías, acarrea en el fondo un potencial utópico y político que, como han demostrado las constantes reinvenciones que ha vivido a manos de muchos movimientos políticos del continente, mantiene viva la promesa revolucionaria. A esto se refería Carlos Real de Azúa, cuando observaba que Vasconcelos rompió con una larga tradición de pensamiento americanista para concederle “un programa de vida y de presencia en lo universal” (25-6). Sólo la comprensión de estos gestos, en la complejidad de sus genealogías intelectuales y fuera de los prejuicios de nuestros propios sistemas de pensamiento, nos permitirá entender la naturaleza política y cultural de su potencial revolucionario. Desde esa perspectiva, el texto aparentemente anacrónico y delirante de Vasconcelos tiene todavía mucho qué decirnos sobre esta tierra prometida del futuro radicada en el continente americano.

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