Reproducción no autorizada

…but I can’t read it on his blog, with that background. So be warned: this is not my work, it is Ignacio Sánchez Prado’s. I like Sánchez Prado and love Maples Arce.

El presentismo estridentista. Una reflexión

Esta ponencia fue presentada en el congreso de UC-Mexicanistas “Huellas del tiempo”, que tuvo lugar en Santa Barbara, California, el 9 de noviembre de 2013. Agradezco mucho a Sara Poot-Herrera su hospitalidad. (N.B. No reproduzco aquí con fidelidad, por los retos del formato del blog, la disposición visual exacta de algunos de los poemas citados, dado que mi análisis no lo requiere).

Empecemos con la imagen de un presente, construido más que registrado por la voz poética:

Bajo las persianas ingenuas de la hora
pasan los batallones rojos.
El romanticismo caníbal de la música yankee
ha ido haciendo sus nidos en los mástiles
¡Oh ciudad internacional!
¿Hacia qué remoto meridiano cortó aquel trasatlántico?
Yo siento que se aleja todo.
Los crepúsculos ajados
flotan entre la mampostería del panorama.
Trenes espectrales que van
hacia allá
lejos, jadeantes de civilizaciones

Estos versos pertenecen a Vrbe. Súper-Poema Bolchevique en Cinco Cantos, texto que el estridentista Manuel Maples Arce publicó en 1924, en un momento en que el tiempo de la nación se encontraba suspendido. La incapacidad del estridentismo de constituirse en una hegemonía cultural dejó por mucho tiempo olvidada la evaluación de sus propuestas estéticas y ontológicas, e incluso la reciente revaloración crítica del movimiento, que ha resultado en un alud de libros y artículos escritos en los últimos diez años, apenas comienza evaluar del todo los presupuestos filosóficos que subyacen a sus mundos poetizados y narrados. En la cita que acabo de leer, como en muchos de los poemas de Maples Arce y sus coetáneos, emerge una “ciudad internacional” en la que confluyen diversos tiempos y memorias. Por un lado, tenemos una sensación infinita del presente –no hay que olvidar que los estridentistas no se consideraban a sí mismos futuristas sino “actualistas”– en la que conviven los batallones rojos y la música yankee, los dos símbolos máximos de contemporaneidad en la ciudad de los años veinte. Por otro, los objetos tecnológicos son espacios en los que se alejan el pasado: los trenes jadeantes de civilizaciones que en su lejanía liberan al poeta de la tradición y los crepúsculos, imagen modernista por excelencia, ajados por la mampostería de un panorama, paisaje construido tecnológicamente. Las breves reflexiones que presentaré en lo que sigue buscan rescatar la operación crítica que subyace al presentismo estridentista como parte de una pregunta más amplia sobre la política del tiempo en la literatura.

En otra parte he sugerido que la literatura de la vanguardia de los largos años veinte –que irían de la firma de la constitución de 1917 a la polémica de 1932– era un espacio de intederminación estética que permitió una negociación sin precedentes de las estructuras del campo cultural. Aquí quiero expandir esta idea planteando que, sobre la base de la apertura estética permitida por la revolución, existe una indeterminación en el régimen cultural del tiempo en México, cuyas consecuencias más radicales se observan en el presentismo, un modelo poético que sólo existió propiamente en los veinte y que se ha convertido en una ausencia importante de las estéticas literarias mexicanas.

En su discusión del problema de temporalidad al final de The Location of Culture, Homi K. Bhabha observa que el discurso de modernidad “es significado desde el time-lag, o cesura temporal, que emerge en la tensión entre el acontecimiento epocal de la modernidad como símbolo de la continuidad del progreso, y la temporalidad interruptiva del signo del presente, la contingencia de los tiempos modernos”. A esto habría que agregar una tercera temporalidad arcaica, que articula el pasado premoderno al presente y futuro modernos de manera tal que la nación no sólo aparece como una forma de futuridad, sino también como el destino inexorable de un pueblo inmemorial. Esta temporalidad, como sabemos, alcanzó su pináculo décadas después, en la obra de Carlos Fuentes y Octavio Paz.

Las distintas intervenciones estéticas de la vanguardia fueron en parte formas de territorialización en una temporalidad de la enorme cantidad de flujos descodificados, tanto sociales como estéticos. La ansiedad que causaba esta descodificación se manifestaba en escenas de incertidumbre que aparecían de manera intermitente en la poesía y otros géneros. Recordemos, por ejemplo, el poema “Ciudad” (1924) de Salvador Novo, donde se describen

Huecos en la carne
de los edificios
para el dolor de adivinar el aire remoto

o el texto “River Rouge” (1933) de Gilberto Owen, donde la voz poética confronta las incertidumbres de la modernidad:

o es verdad el behaviorismo
y llega el frío llamado Ford
y hay la mirada fría y plana del acero
que nos unta su espejo sin amor

Es importante notar aquí que el flujo descodificado que altera a las voces poéticas de Novo y Owen no radica en el excedente social que emerge como resultado del proceso revolucionario, sino en el cambio del régimen experiencial que la ciudad posrevolucionaria –esa ciudad “brutal y multánime” de Maples Arce– planteaba a la experiencia subjetiva. “El frío llamado Ford” de Owen y los “huecos en la carne de los edificios” de Novo representan una nueva experiencia de la materialidad social que su perspectiva subjetivista era incapaz de territorializar.

Aunque recordamos a los Contemporáneos como poetas subjetivistas, es importante recordar aquí que poemas como “Muerte sin fin” y “Canto a un Dios mineral” son propiamente la instancia final de un proceso de territorialización subjetiva que se refugia en un yo abstracto y autocontemplativo ante la incapacidad de dicho yo de relacionarse con lo que Bhabha llama “la temporalidad interruptiva del signo del presente”. Los poemas de Owen y Novo de los años veinte, llenos de trenes y vertiginosos espacios urbanos muestran que la poesía pura (o plena como la llamaba Owen) que llevó a Contemporáneos a la hegemonía del gusto cultural de la literatura mexicana es una territorialización que decide no enfrentar la cesura temporal que plantea el choque entre modernidad y presente. Se trata simplemente de una poesía moderna en estasis, donde el hueco constitutivo de significación que representa una sociedad vertiginosamente contemporánea y dinámicamente posrevolucionaria se vuelve, simplemente, impensable.

A propósito de Blaise Cendrars, Marjorie Perloff observa que la poetización del ferrocarril (que en este caso es el tren transiberiano) lleva a la simultaneidad a convertirse en “un tema central así como en un principio formal y estructural” de la literatura futurista. La poética de Maples Arce y otros estridentistas se basa en la asunción de dicha simultaneidad como un principio liberador de lo humano. Owen, por ejemplo, resiste la simultaneidad entre la experiencia subjetiva y la experiencia moderna requerida por el tiempo de la contemporaneidad y en su poesía se manifiesta por momentos como una ansiedad irresuelta, como se ve en su poema “La semila en la ceniza”:

Mañana que me den un alba de limón de perfil lívida
Ya sabré la última curva de tus geometría de espumas
Entonces creceré hasta esa rígida soledad que se afila los gritos
En un paisaje irrespirable de fábricas

El espacio subjetivo del encuentro erótico, que se manifiesta con imágenes naturales (espumas, tropos, limón) contrasta con las cenizas construidas por las fábricas, que generan soledad y falta de respiración. El asunto aquí es que la simultaneidad presentista requerida por la modernidad tecnológica es un punto ciego de la poética de Contemporáneos que se territorializa en una subjetividad atemporal.

El contraste central que me interesa enfatizar emerge a partir de la manera en que el estridentismo construye su subjetivismo. En “Andamios interiores”, Maples Arce plantea algunas imágenes que por momentos parecen asemejar las de Owen:

La ciudad paroxista
nos llegaba hasta el cuello
y un final de kilómetros subrayó sus congojas

Sin embargo, al momento de articular la subjetividad desde el objeto tecnológico como tema del poemario, la obra del primer Maples Arce intuye simultaneidades efímeras entre el sujeto poético y el objeto tecnológico:

Siento íntegra toda la instalación estética
lateral a las calles alambradas de ruido
que quiebran sobre el plano sus manos antisépticas
y luego se recogen en un libro mullido

Si Vrbe es, como ha discutido con amplitud Evodio Escalante, el poema donde emerge el presente de la colectividad, Andamios interiores es un prolegómeno cuya función es, precisamente, el exorcizar las huellas del tiempo que marcaban los imperativos subjetivos de la poesía. Al diferencia del poema de Owen, en el que la confrontación con la tecnología genera un horror que se resuelve en una nostalgia inmediata por el purismo estético del cuerpo de la amada, en Maples Arce cualquier nostalgia es siempre expulsada por la tecnología:

Yo departí sus manos,
pero en aquella hora
gris de las estaciones,
sus palabras mojadas se me echaron al cuello,
y una locomotora
sedienta de kilómetros la arrancó de mis brazos

Lo interesante de este poema, titulado “Prisma” es que la resolución no es el gesto desgarrado de la pérdida, sino un sentido presentista y politizado del sujeto:

Locomotoras, gritos,
arsenales, telégrafos
El amor y la vida son hoy sindicalistas
y todo se dilata en círculos concéntricos

La radicalidad del gesto de Maples Arce en la década de los veinte puede parecer menor en vista del triunfo ulterior de los Contemporáneos como Owen en el establecimiento de una línea central de la poesía mexicana. Sin embargo, la noción misma de “Andamio interior” resultó muy problemática para varios coetáneos ideológicos del poeta. Pensemos por ejemplo en el cuadro “Andamios exteriores” de Fermín Revueltas, pintado como respuesta al poemario de Maples Arce.

El cuadro muestra en primer plano un par de postes eléctricos, detrás de los cuales se observa un andamio en el que trabajan dos albañiles. En la parte baja del cuadro se observan dos tinacos. En la lectura de la historiadora del arte Tatiana Flores, esta interpretación suspende el subjetivismo de Maples Arce, al poner en el plano los trabajadores que hacen la modernización posible y al sugerir, con los tinacos, que dicha modernización tiene lugar en barrios pobres, en los cuales las condiciones de la tecnologización no son ideales.

Yo argumentaría aquí que Revueltas entiende mal el gesto de Maples Arce. Sería difícil plantear que hay un olvido de los trabajadores de parte de un poeta que escribió muchas veces sobre la clase obrera. Más bien, Revueltas entiende el régimen temporal del presente como una interrupción al evento epocal de la nación moderna. La diferencia que va del concepto de andamio interior de Maples Arce, al de andamio exterior de Revueltas es, literalmente, una cuestión de sincronización. Si el amor y la vida son cuestiones sindicales y, por ende, pertenecientes al régimen de la pura contemporaneidad, corresponde a la voz poética articularse a ese tiempo y renunciar a la nostalgia, la memoria o cualquier huella del pasado.

Por esta razón, el proceso de la voz poética en muchas obras estridentistas empieza por una angustia de la voz poética ante el presente que se resuelve, no con el horror como en algunos poemas señeros de Contemporáneos (pienso aquí, por ejemplo, en el “Nocturno de la estatua”) sino con la aceptación ética y estética de dicho presente. Véamos, por ejemplo, el poema “In memoriam” (1926) de Germán List Arzubide. En una sección titulada “Desintegración” vemos, como en los “Andamios interiores”, un poeta perdido:

y me perdí
entre los callejones de la lluvia
en la estación de mi abandono
nubarrones fatales desenrollaban
los kilómetros
locomotorias proletarias
saqueaban la sobra ensangrentada

Está perdida que lleva al encuentro con la “locomotora proletaria”, a la vez objeto tecnológico y sujeto colectivo anti-subjetivo, lleva al borramiento de la voz de corte modernista y emerge una voz que renuncia a la posteridad:

caminos espectrales
derrotados de sombra
tus adioses
sólo rigen
en el eclipse de los panoramas
nos hundiremos en las riberas
de la perspectiva
y nadie
hojeará mañana
nuestro nombre

Desde esta renuncia a la permanencia del yo emerge una voz des-integrada que puede enfrentarse al presente desterritorializado:

Y detrás
se ahoga en la violencia
el suelto itinerario
del amor
la ciudad
falsificada
por el amanecer de su pañuelo
se derramó en la noche mecánica
del túnel
desdoblé el diario de mi indiferencia
y leí la catástrofe
de
su nombre

El hecho de que la ciudad sea falsificada por una escena modernista –“el amanecer de su pañuelo”– y que “la catástrofe” del nombre de la amada aparezca en “el diario de mi indiferencia” son los dos lados del mismo proceso: un yo que ya no se concierne por la preocupación romántica del sujeto y una ciudad que resiste su configuración en los tropos afectivos del pasado.

¿Qué conclusiones podemos sacar de la lectura que he presentado hasta aquí? Martin Puchner nos recuerda que, en un artículo de 1909, Amado Nervo comentó el manifiesto futurista de Marinetti, y concluyó expresando preocupación ante el hecho de que “nuestra época industrial carece de cualidades espirituales”. Esta reacción corresponde, en el argumento de Puchner, a la polarización entre modernistas y vanguardistas resultante del carácter tardío de la industrialización en México, punto que se refleja en las pugnas entre estridentistas y contemporáneos una década después. El mismo año en que Maples Arce publica Vrbe, Salvador Novo publica “Noche”, incluido en sus XX poemas, donde muestra una clara resistencia a la subjetividad obrera que surge del sindicalismo mexicano:

Obrero:
no es que yo sea socialista;
pero tú has pasado el día entero
cuidando una máquina inventada por americanos
para cubrir necesidades
inventadas por americanos

Máquina y proletariado son ambos acontecimientos que irrumpen de manera descodificada en el espacio de la modernidad nacional, instituyendo un presente que ya no puede codificarse desde el lenguaje del flâneur modernista. Por ello, Novo, alguien que restituirá la flânerie como estrategia de codificación moderna vía sus crónicas y su novela “El joven”, sólo puede leer la máquina como una invasión norteamericana y al obrero como un sujeto al que sólo se le puede decir “Vive la France”. El proletariado es el límite epistemológico de la vanguardia mexicana y la abolición del tiempo ejercida por el actualismo estridentista la única manera de aproximar dicho límite.

La historia posterior a este momento la conocemos. La literatura mexicana fracasa profundamente en sus intentos de representar esta nueva clase obrera tras la caída del estridentismo. Se vuelve sobre todo objeto de novelas proletarias intrascendentes y realismos socialistas olvidados. La incapacidad de este presentismo de institucionalizarse, asediado ante la renovación del subjetivismo modernista ejercida por los Contemporáneos y ante el presente perpetuo desde el mito que articulará Octavio Paz, dejó fuera de la literatura mexicana la posibilidad de una estética emancipada del tiempo: Un presentismo que no es tiempo mexicano ni tiempo moderno sino una paroxista, sindical y multánime estética de la izquierda.

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